El maratón rumbo a Doomsday continúa con Doctor Strange in the Multiverse of Madness, una de las películas más peculiares del UCM y una auténtica locura visual que lleva el multiverso, el terror y la magia al terreno de Sam Raimi.

Cuando Doctor Strange in the Multiverse of Madness fue anunciada en la San Diego Comic-Con de 2019, se convirtió automáticamente en mi película más esperada del UCM. Y vaya regalo que terminó siendo. Creo que es una de esas películas que disfruto más con cada revisionado, precisamente porque tiene una personalidad que la diferencia muchísimo del resto. Y gran parte de la culpa la tiene Sam Raimi, que convierte el UCM en un pequeño festival de terror, fantasía y puro cómic. Recuerdo perfectamente ver el primer tráiler como escena poscréditos de Spider-Man: No Way Home y salir absolutamente alucinado. En ese momento ya sabía que aquello tenía todo para gustarme: Sam Raimi detrás de las cámaras y Benedict Cumberbatch interpretando a Doctor Strange, que actualmente es probablemente mi personaje favorito del UCM junto a Carol Danvers.
También me parece una película especialmente interesante por todo lo que tuvo que atravesar durante su producción. Marvel consiguió mantener bastante bien sus secretos, aunque los dichosos insiders se empeñaron en destripar buena parte de las sorpresas antes del estreno. Y, además, el rodaje estuvo condicionado por la pandemia, algo que creo que se nota en determinados momentos, especialmente en algunas escenas con los Illuminati. Aun así, visualmente me parece una auténtica barbaridad. La fotografía de John Mathieson encaja de maravilla con esa forma tan particular de Sam Raimi de dirigir. Incluso la magia se siente más física y más fantástica que en la primera película.
Y creo que esa es precisamente una de las grandes virtudes de la película: aunque esté hablando del multiverso, sigue sintiéndose como una historia muy personal.

Porque, debajo de todo ese espectáculo, Multiverse of Madness es una historia sobre aprender a dejar ir. Strange tiene que aceptar que no puede controlar todos los acontecimientos de su vida y Wanda tiene que aceptar que sus hijos no pueden pertenecerle. Son dos personajes que, de maneras muy diferentes, intentan aferrarse a aquello que han perdido o que creen que necesitan para ser felices.
Benedict Cumberbatch está espléndido como Strange. Ya había conseguido hacer suyo al personaje, pero aquí me gusta especialmente porque la película explota mucho más su faceta fantástica y comiquera. Es un Strange que hace auténticas barbaridades con la magia y que tiene algunas de las secuencias visualmente más espectaculares del UCM. Pero también me gusta que la película introduzca esa parte de su pasado que explica su obsesión por controlar las cosas. La pérdida de su hermana Donna sirve como una especie de herida que todos los Strange arrastran de una manera u otra y que explica por qué Stephen siempre necesita tener el control.
Y luego está Elizabeth Olsen, que vuelve a estar absolutamente imperial después de WandaVision. Desde la invasión de Kamar-Taj hasta su secuencia contra los Illuminati, tiene una presencia espectacular. Y es en eso último donde la película se convierte directamente en una película de terror: Wanda persiguiendo a sus víctimas, utilizando sus poderes de maneras cada vez más perturbadoras que parece sacada de un slasher.
Sí tengo una pequeña espina con su transición desde WandaVision. Entiendo perfectamente que el Darkhold haya corrompido a Wanda y que la película quiera llevarla hasta un lugar mucho más oscuro, pero sigo pensando que habría sido interesante conectar todavía más ambas historias. De hecho, cuando vi WandaVision esperaba que Strange apareciese de alguna manera al final para preparar esta película y todavía me pregunto por qué decidieron no hacerlo. Además de que la película olvida por completo la existencia de Visión, ni se le nombra.
Aun así, el final de Wanda me parece magnífico. Cuando finalmente ve a sus hijos aterrorizados ante ella, entiende que se ha convertido precisamente en aquello que nunca quería ser. Por un instante deja de pensar en lo que ella quiere y comprende el daño que está causando. Y después destruye el Darkhold y desaparece bajo Wundagore. ¿Está muerta? Evidentemente no me lo creo ni un segundo. Pero me gusta que su resolución no sea derrotarla en una batalla épica, sino conseguir que ella misma entienda que tiene que dejar ir.

Y si algo me encanta de Multiverse of Madness es que no se limita a decirnos que existen otros universos: se atreve a enseñarnos lo diferentes que pueden ser. La secuencia en la que Strange y America atraviesan distintas realidades es una auténtica locura visual, pero también me gusta cómo la película empieza a introducir conceptos que terminarían siendo fundamentales para entender el multiverso. Es Reed Richards quien explica qué son las incursiones y el peligro que suponen para las distintas realidades, y poco después tenemos la oportunidad de verlo con nuestros propios ojos en el universo de Sinister Strange. ¿Esa batalla musical entre ambos Strange? Mi escena favorita de la película.
Y precisamente por eso me da tanta pena que no explorásemos más algunos de esos mundos. El universo de los Illuminati me parece una idea fantástica: una realidad en la que conviven Vengadores, mutantes, los Cuatro Fantásticos e incluso los Inhumanos, con Anson Mount recuperando a Black Bolt. Cuando vi la película, me quedé con ganas de muchísimo más de ese universo y, de hecho, durante todo este tiempo he pensado que podría haber sido perfecto para Doomsday: que precisamente esta realidad de los Illuminati fuese la que terminase colisionando con la Tierra-616, de una manera parecida a lo que ocurre con los Ultimates y el 616 en los cómics, y que eso nos permitiera ver a versiones diferentes de nuestros héroes enfrentándose entre sí. Me habría encantado algo así, especialmente porque habría dado mucho más sentido a todo lo que se nos presenta aquí. Evidentemente, esto ya es una cuestión de lo que me habría gustado que hiciera Marvel con su Saga del Multiverso y no una crítica a la película, pero sigue dándome pena que un universo con tanto potencial se quedase reducido a unos pocos minutos.
En medio de todo esto tenemos a America Chavez, interpretada por una carismática Xochitl Gomez. Me parece un personaje con un potencial enorme y una incorporación perfecta para una historia sobre el multiverso: puede viajar entre universos, es fundamental para la trama. Y aquí vuelve una de esas frustraciones que estoy acumulando durante este maratón: ¿cómo puede ser que America siga prácticamente desaparecida del UCM? Si tienes un personaje con esas capacidades y sabes que vas hacia Doomsday y Secret Wars, parece imposible no aprovecharlo más. Marvel la presentó como una nueva pieza importante del universo, pero llevamos demasiado tiempo sin verla.
Y, por supuesto, tenemos a Wong. No tengo mucho más que decir: es Wong. Siempre que aparece, mejora la película.

El tramo final me sigue pareciendo muy potente, especialmente por cómo termina la historia de Strange. Ha pasado toda la película intentando controlar la situación, intentando encontrar una solución y buscando la manera de que las cosas salgan como él quiere. Y al final tiene que aceptar exactamente lo contrario. Deja que America sea quien controle su propio poder y consigue que Wanda comprenda que tiene que renunciar a sus hijos. Es otra forma de repetir el mismo tema que atraviesa toda la película: no puedes tener el control de todo lo que amas.
Además, tenemos a Sam Raimi dándose el gustazo de mostrarnos a un Strange zombi, controlado por el Darkhold y creando una capa con los espíritus de los condenados. Qué bien se lo tuvo que pasar Raimi haciendo esta película.
Y luego está ese final con Strange. Me encanta la idea de terminar la película con ese tercer ojo, porque después de utilizar el Darkhold sabemos que algo ha cambiado dentro de él y que ha quedado, de alguna manera, corrompido. Precisamente por eso me resulta un poco extraño lo que ocurre en la escena poscréditos. Después de ver a Strange salir a la calle con ese tercer ojo, aparentemente afectado, nos lo encontramos de repente completamente tranquilo y como si nada hubiese pasado hasta que aparece Clea para hablarle de una incursión. La escena es muy potente como adelanto de lo que podría venir y me encanta la entrada de Clea, pero siempre me ha faltado una transición entre ambas cosas. Me habría encantado tener una Doctor Strange 3 antes de Secret Wars que desarrollase precisamente qué ha ocurrido con él, qué consecuencias ha tenido el uso del Darkhold y qué está pasando con las incursiones. Porque el final te deja con la sensación de que Strange está a punto de entrar en uno de sus mayores conflictos y, sin embargo, llevamos demasiado tiempo esperando para descubrir qué pasó después.

Quizá ahí está la contradicción perfecta de Doctor Strange in the Multiverse of Madness: es una película enorme, llena de conceptos que podrían dar para muchísimo más, pero que al mismo tiempo funciona porque Sam Raimi consigue convertir todo ese caos en algo tremendamente personal y con una identidad propia. Puede que no aproveche todo lo que plantea, puede que la conexión con WandaVision pudiera haber sido más fuerte y puede que los Illuminati sean tanto fan service como cualquier otra cosa. Pero cuando pienso en esta película, lo que recuerdo es ese ingenio visual que hace que la película se sienta como una auténtica locura de viñetas cobrando vida.
Y por eso la sigo disfrutando tantísimo. Dentro de una Saga del Multiverso que muchas veces parece no saber qué hacer con el propio multiverso, Multiverse of Madness es una de las pocas que consiguió darle una personalidad verdaderamente propia.
Puntuación: 8’5 / 10

Y hasta aquí mi breve repaso de Doctor Strange in the Multiverse of Madness. Si queréis seguir el revisionado de la Saga del Multiverso rumbo a Doomsday y recibir mis opiniones y momentos favoritos, no olvidéis suscribiros a la newsletter.
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